Valió la pena la tranca del tránsito alrededor del Hilton.Valió la pena la espera ante las puertas cerradas de la Ríos Reyna.
El sexteto británico informó, a quien no lo supiera, que es una de las grandes bandas del planeta.
Lo que ocurrió en las noches del 21 y el 22 de septiembre quedará como el recuerdo de un cataclismo sonoro.
Yes llegó en medio de una potente obertura sinfónica y con el público de pie.
Las horas previas al primer concierto de Yes en Venezuela abundaron en malos presagios. Algo salió mal en Costa Rica, el destino anterior del grupo, y equipos e instrumentos amenazaban con llegar tarde. Esto descontroló los nervios. Según Alexis Lope Bello, el manáger de los invitados venezolanos, en la mañana del 21 Témpano tuvo que interrumpir su montaje en el escenario porque el personal de gira de los ingleses les exigió despejarlo. La banda local no pudo probar nunca adecuadamente, ya que la tarde se perdió en una discusión administrativa entre Yes y Water Brothers. Finalmente todo se solucionó: los equipos de Yes llegaron a tiempo, la empresa venezolana logró poner todo a punto y los miembros de la banda conversaron en el Hilton con El Nacional y Televen. Pero todos estos inconvenientes dilataron el chequeo de Yes y las puertas del teatro se abrieron con más de media hora de retraso.
Con todo y las colas alrededor del teatro, la expectativa era tan fuerte que nadie se dejó llevar por el mal humor. El público -en su mayoría de entre 30 y 45 años- competía y se felicitaba por las franelas y los pines.
Aun cuando la mayoría desconocía el trabajo de la primera guardia de Témpano que forman Pedro Castillo (voz y guitarra), Miguel Angel Echevarreneta (bajo), Gerardo Ubieda (batería) y Giulo Cesare della Noce (teclados), apenas se apagaron las luces de la sala se levantó un grito colectivo de proporciones históricas. Témpano mostró lo viejo, lo nuevo y lo próximo: algo del clásico Atábal Yémal, de 1979, que reeditaron el año pasado, más lo que compusieron en el momento de la reunión, y un adelanto de lo que sacarán al mercado en diciembre. Tocaron con precisión y el entusiasmo que muestran los músicos cuando al fin encuentran la manera de dar todo lo que tienen.
El sonido, pese a los problemas, salió bien.
El regreso del viejo Témpano no sólo reanima el empobrecido inventario del rock local, esclavizado por las tendencias de MTV, salvo iniciativas como Alban Arthuan. Témpano se ubicó, con su abertura a Yes -de 25 minutos el 21, a causa de los problemas logísticos, y de 40 el 22- , entre los mejores bandas del país en cuanto a ejecución en vivo, y en la primera en cuanto a complejidad compositiva. Más cuando acaban de trascender la mera revisión de sus antecedentes para entregarse a la creación de música inédita.
Los recalcitrantes fanáticos de Yes, en otras circunstancias hostiles por su ansiedad por ver a los grandes, los aplaudieron de pie. Pedro Castillo asomó la posibilidad de "reunir a varios amigos con dinero y traer a King Crimson, ¿qué les parece?".
EL ALUD
Yes llegó en medio de una potente obertura sinfónica y con el público de pie. Las columnas vibraban. Eso fue como que le cayera a uno un piano encima: los dos guitarristas, Billy Sherwood y Steve Howe, acompañaban a los fundadores Chris Squire y Jon Anderson en una polifonía de cuatro voces que dominó el concierto, mientras Alan White sacudía sus tambores e Igor Khoroschev levantaba en medio de sus teclados los paisajes de que antes se encargaba el legendario Rick Wakeman.
Arrancaron con algo de The Ladder, su nuevo disco, y de ahí en adelante tocaron varios puntos de su historia. La gente respondía mejor al esplendor de los setenta y a clásicos como "And You and I" y "Roundabout". Disfrutaban el estar ahí, tal vez sorprendidos por la vehemencia de las 2.500 personas que gritaban en la oscuridad.
Muchas veces pareció que todos se limitaban a seguir al virtuoso Howe.
Es tan agradable que lo sorprenda a uno en el compás siguiente, sobre todo porque se ha vuelto tan escasa la sorpresa ... Yes fue generoso y apabullante, como una de sus famosas portadas de Roger Dean: había cascadas de sonido cristalino, extrañas criaturas cruzando un curioso crepúsculo, montes de notas que terminaban en un peñón inverosímil, remansos al final de un talud vertiginoso.
Es poco lo que a estas alturas, a 30 años de su fundación, cabe agregar sobre uno de los conjuntos cimeros en la historia del rock. Baste decir que aquí devolvió a muchos el placer de ir a un concierto.
Y su éxito de ventas, a pesar del elevado costo de los boletos, es la prueba que hacía falta para demostrar a los empresarios nativos que la música de primera calidad sí tiene quien la aplauda.